En una de las consultorías grupales apareció una situación bastante común. Una madre llegó preocupada porque su hija, de 5 años, está siendo maltratada por otra nena del grupo. La suya no sabe cómo defenderse. Quería saber qué hacer.
Es una pregunta legítima. Y aquí daré una respuesta, aunque no es la única.
El conflicto no nació hoy
Lo primero que digo siempre cuando aparece una situación así es esto: los vínculos que llegan a ese punto de violencia sostenida no surgieron de la nada. Hubo señales antes. Incomodidades que no se nombraron. Situaciones pequeñas que se dejaron pasar porque "son chicos", porque "así son a esa edad", porque parecían menores.
No lo digo para culpar a nadie. Lo digo porque es importante entenderlo: cuando una dinámica llegó hasta acá, no se resuelve solo interviniendo en el momento del conflicto. Hay que mirar para atrás y preguntarse qué no se vio, o qué se vio pero no se acompañó.
En ambos niños.
Porque la nena que lastima también está comunicando algo. Algo que no sabe decir de otra manera. Y la que no puede defenderse también tiene ahí una historia propia que atender.
Entonces salió el tema de las emociones
Como suele pasar, la conversación derivó. Otra mamá del grupo propuso lo que hoy se propone en casi todos los espacios de crianza: hay que enseñarles a expresar sus emociones. Nombrarlas. Identificarlas. "Estás enojada." "Eso te generó tristeza." Los libros sobre emociones, los juegos para reconocer cómo se sienten, el vocabulario emocional desde los 3 años.
Lo entiendo. La intención detrás de todo eso es buena. Nadie que recomienda esas herramientas quiere hacerle daño a un niño.
Pero tengo una postura clara al respecto, y la digo sin rodeos: llevar a un niño de 5 años a intelectualizar sus emociones no es acompañarlo emocionalmente. Es, en muchos casos, exactamente lo contrario.
El mundo interno de un niño pequeño
A los 5 años, el hemisferio derecho del cerebro —el de las imágenes, la imaginación, lo artístico, lo simbólico— está en pleno desarrollo y es absolutamente dominante. Un niño de esa edad vive sumergido en su mundo interno. Procesa lo que le pasa a través del juego, del dibujo, del movimiento, del cuento, de la fantasía.
Ese mundo interno no es una etapa que hay que acelerar. Es una riqueza que hay que proteger.
Cuando le pedimos a un niño de 5 años que identifique, nombre y explique lo que siente, le estamos pidiendo que use una capacidad —la del análisis racional, la del lenguaje conceptual sobre estados internos— que todavía no tiene desarrollada. No porque sea poco inteligente. Sino porque su cerebro, literalmente, no está en esa etapa todavía.
El resultado de forzar ese proceso no es un niño más conectado con sus emociones. Es un niño que aprende a decir las palabras correctas sin haber vivido la experiencia interna que esas palabras deberían nombrar. Un niño que puede explicarte con precisión que "tiene frustración" pero que no tuvo espacio para simplemente sentirla, atravesarla y seguir.
Los cuentos que emocionan versus los cuentos que explican
Esto me lleva a algo que veo con mucha frecuencia: la proliferación de libros para niños diseñados específicamente para "trabajar emociones". Los reconocés enseguida. Tienen un personaje que se enoja, o que tiene miedo, o que está triste. Al final hay una moraleja. A veces hay una actividad. A veces hay un adulto que le explica al personaje —y de paso al lector— exactamente qué sintió y por qué.
Esos libros no son literatura. Son manuales disfrazados de historias.
Un cuento verdadero no explica lo que el niño debería sentir. Lo hace sentir. Trabaja con metáforas, con imágenes, con personajes que atraviesan situaciones sin que nadie les ponga cartelito. El niño que escucha un buen cuento no sale sabiendo nombrar una emoción. Sale habiendo vivido algo por dentro. Y eso, con el tiempo, se convierte en mundo interno rico, en capacidad real de procesar lo que le pasa.
La magia de un cuento genuino se apaga exactamente en el momento en que alguien subraya la moraleja.
Entonces, ¿qué hacemos cuando hay un conflicto?
Volvamos a la nena de 5 años que no sabe defenderse.
Lo que le sirve no es una clase sobre emociones. Lo que le sirve es una adulta presente que la ve, que no minimiza lo que le está pasando, que interviene con claridad cuando algo está mal, y que al mismo tiempo le da herramientas concretas —no teóricas— para pararse distinto.
¿Cómo se hace eso? Con el cuerpo. Con presencia, no con explicaciones.
Muchas veces, simplemente, haciendo un parate en medio del conflicto para escuchar y validar ambas partes. Cuando el conflicto está en pleno, sentarse y escuchar a cada niño en serio, uno por uno, sin interrumpir, sin corregir, sin buscar quién tiene razón.
Escuchar de verdad es distinto de escuchar para responder. Es escuchar para que el otro sienta que lo que dice importa, que su versión de lo que pasó es válida, que no necesita defenderse ni convencer a nadie. Que simplemente puede decir lo que vivió y hay alguien ahí que lo recibe sin juzgarlo.
Cuando un niño se siente genuinamente escuchado y validado, algo cambia. El dolor de la situación no desaparece de golpe, pero deja de ocupar todo el espacio. Y cuando el dolor deja de ocupar todo el espacio, aparece algo más: la posibilidad de ver al otro. De percibir que el otro también tiene algo para decir. De encontrar, casi sin que nadie lo dirija, algún punto de contacto donde antes solo había choque.
La mayoría de las veces, si los adultos resistimos la tentación de resolver, de mediar, de explicar lo que cada uno debería sentir o hacer, los niños encuentran solos el camino de salida. Con frecuencia, aparecen formas de disolver el conflicto que nos sorprenden.
Nuestra tarea en ese momento no es resolver. Es crear las condiciones.
También es importante revisar qué está pasando en el vínculo más amplio. Con el grupo. Con la otra nena. Con los adultos que acompañan a ambas.
Los conflictos entre niños pequeños son oportunidades de acompañamiento profundo. Pero solo si los adultos estamos dispuestos a mirar más allá de la superficie y a resistir la tentación de la respuesta rápida y socialmente aprobada.
Cuando las madres se juntan "para que los chicos socialicen"
Hay una situación que merece su propio espacio porque es muy frecuente en las familias que educan en casa, y es exactamente el tipo de contexto donde los conflictos que describimos antes tienen más probabilidad de aparecer.
Las madres se reúnen. Lo necesitan. Necesitan encontrarse con otras madres que estén transitando el mismo camino, hablar, compartir, no sentirse solas en esto. Y eso es completamente legítimo y necesario.
Pero muchas veces a ese encuentro se le agrega una segunda intención: que los chicos socialicen. Y ahí es donde empieza el problema.
Porque los niños que llegan a ese espacio no eligieron estar ahí. No se reunieron porque genuinamente quisieran compartir con ese grupo de chicos ese día. Están ahí porque es lo que toca. Porque sus madres se juntan y ellos van. Eso no significa que no vayan a conectar, o que no vaya a surgir algo genuino entre ellos. Pero significa que el punto de partida no es el mismo que cuando un niño busca activamente a otro porque algo lo convoca.
Y a eso se le suma algo que complica más las cosas: el espacio en general no está pensado para ellos.
No hay acuerdos previos entre las familias sobre cómo va a funcionar ese encuentro. No hay una dinámica establecida. No está claro qué se puede hacer y qué no, cómo se resuelve cuando algo no funciona, quién interviene y cuándo. Cada madre llega con sus propios criterios, sus propios límites, su propio estilo de acompañamiento. Y los niños, que leen todo eso perfectamente, se encuentran navegando un territorio donde las reglas no están claras y los adultos están, en el mejor de los casos, atentos a su propio hijo.
El resultado es predecible. Lo que debería ser un espacio de encuentro genuino se convierte en un campo fértil donde los conflictos no tardan en aparecer.
Y acá viene algo importante que quiero decir con claridad: dejar que los niños jueguen solos es el objetivo. La autonomía, el juego libre sin dirección adulta, es exactamente a lo que queremos llegar. Pero esa autonomía no se instala de golpe y en cualquier contexto. Se construye. Se construye desde una base clara, desde acuerdos que los niños conocen y que los adultos sostienen de manera coherente. Cuando esa base no existe, lo que parece juego autónomo puede convertirse rápidamente en abandono. Y un grupo de niños sin base clara y sin adultos verdaderamente presentes no es un espacio de socialización libre. Es una lucha campal esperando a suceder.
¿Qué ayuda entonces? Antes de juntarse, acordar. Entre todas las familias. Qué espacio van a usar y cómo, qué está permitido y qué no, cómo se va a intervenir cuando algo no funcione, quién está a cargo de qué. No hace falta un reglamento de diez páginas. Hace falta que todos lleguen sabiendo dónde están parados. Que los niños también lo sepan. Que haya adultos genuinamente presentes —no mirando el teléfono ni enfrascados en su propia conversación— que puedan ver lo que está pasando y actuar cuando sea necesario.
La socialización real no se fuerza. Se facilita. Y facilitarla requiere que los adultos hagan primero el trabajo de crear las condiciones para que pueda ocurrir.
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