¿La rebeldía adolescente existe en sí misma… o la provocamos nosotros?

Adolescente en un momento de reflexión al aire libre

Una reflexión sobre la adolescencia, la escucha y el contexto que construimos antes de que llegue.

Hay una pregunta que me hago seguido, sobre todo cuando veo a tantas familias angustiadas pensando que la adolescencia de sus hijos es, por definición, una guerra que hay que sobrevivir.

¿La rebeldía adolescente es así nomás, parte del paquete de crecer? ¿O hay algo que nosotros mismos vamos empujando, sin darnos cuenta, durante años?

En 1925 una joven antropóloga se hizo exactamente esta pregunta y decidió ir a buscar la respuesta a un lugar muy lejano de los consultorios y de las aulas.

La pregunta que nadie se animaba a hacer

Para entender por qué el viaje de Margaret Mead fue tan importante, hay que entender primero qué se decía en esa época sobre la adolescencia.

La teoría dominante venía de un psicólogo llamado Stanley Hall, que en su obra sobre la adolescencia sostenía que el período era, casi por naturaleza, un tiempo de idealismo creciente, rebelión contra la autoridad y conflicto inevitable con los padres. Esa idea se había instalado tan profundamente en la cultura que nadie se preguntaba si era así en todos lados, o si era así solo en algunos lados.

Mead lo describe con total claridad en su libro: los teóricos observaban la conducta de los adolescentes norteamericanos, anotaban los síntomas de desasosiego que veían, y los proclamaban como características inevitables de esa etapa de la vida. Pero había algo que no se estaban preguntando.

Mead señala que, frente a esto, especialistas en psicología infantil no tenían datos. Así que ella decidió ir a buscarlos.

Por qué Samoa

Mead eligió Samoa porque le permitía hacer algo que en su propia sociedad era imposible: aislar una variable. En sus propias palabras, ella se preguntaba si las dificultades de los adolescentes se debían “al hecho de ser adolescente o al de ser adolescente en los Estados Unidos”.

Esa distinción lo cambia todo.

Porque si la adolescencia fuera, en sí misma, un período de tormenta emocional inevitable —producto puro de los cambios hormonales de la pubertad— entonces deberíamos encontrar ese mismo patrón en cualquier cultura, en cualquier época, sin excepción. Pero si lo que encontramos varía radicalmente según la sociedad en la que el adolescente crece, entonces el conflicto no es una ley biológica. Es, en gran parte, una construcción cultural.

Lo que Mead realmente encontró

Lo que documentó en Samoa fue una sociedad donde la adolescencia no se vivía con la intensidad conflictiva que se daba por sentada en Occidente.

Una de las claves que ella misma identifica tiene que ver con la coherencia. En sus palabras: “Samoa conoce una sola forma de vida y la enseña a sus niños”. Los jóvenes samoanos crecían dentro de un único sistema de valores, sin la fractura entre lo que la familia les enseñaba, lo que la escuela les exigía, lo que la religión les prohibía y lo que la sociedad en general celebraba.

En cambio, la sociedad norteamericana de la que ella venía, Mead escribe: “una sociedad que reclama decisiones, que está integrada por muchos grupos orgánicos, cada uno de los cuales trata de imponer su propia tabla de salvación, su variedad propia de filosofía económica, no dará paz a cada generación hasta que todas hayan elegido o se hayan hundido, incapaces de soportar las condiciones de la elección”.

Es decir: la tensión no nace del cuerpo que cambia. Nace de tener que elegir, todo el tiempo, entre sistemas de valores que compiten entre sí —y muchas veces, entre el sistema de valores de los padres y el de la propia generación.

¿Y si la rebeldía fuera, en realidad, un último intento de ser escuchado?

Acá quiero traer algo que pienso hace tiempo, y que el trabajo de Mead ayuda a sostener con más fuerza.

Pensemos en todos los chicos que pasaron años aprendiendo a quedarse callados. A amoldarse. A no preguntar tanto, a no opinar tanto, a no incomodar. Niños que escucharon, una y otra vez, que su palabra pesaba menos que la de los adultos a su alrededor.

¿Qué les queda, cuando llegan a la adolescencia y por fin tienen algo de fuerza física, una autonomía incipiente y capacidad de decir que no?

Quizás lo que llamamos rebeldía no sea el problema en sí. Quizás sea el único lenguaje que les quedó disponible para decir: “todavía tengo una opinión. Todavía estoy acá”.

Lo que esto significa para acompañar hoy

Esta mirada no es solo un dato histórico interesante. Cambia completamente cómo nos paramos frente a la adolescencia cuando acompañamos a nuestros hijos desde el aprendizaje libre.

Si la adolescencia fuera, por naturaleza, una guerra inevitable, lo único que podríamos hacer sería resistir hasta que pase. Pero si gran parte de esa tensión es resultado de años de imposición, de falta de escucha real, de sistemas de valores fragmentados entre lo que decimos y lo que vivimos en casa, entonces hay mucho que sí podemos hacer, y mucho antes de que llegue la adolescencia.

Esto no significa eliminar todo límite ni todo desacuerdo: eso tampoco sería saludable. Significa, sobre todo, una cosa: que la autonomía y la voz propia no pueden empezar a respetarse recién a los trece años. Si un niño pasó toda su infancia sin que su opinión contara, es lógico que en la adolescencia, cuando por fin tiene más fuerza para hacerse oír, lo haga con toda la intensidad que no pudo usar antes.

Acompañar desde el aprendizaje libre implica, entre otras cosas, ir construyendo desde mucho antes un vínculo donde el niño sienta que su voz importa, que sus decisiones —ajustadas a su edad— se respetan, que hay coherencia entre lo que se le pide y lo que se vive en la familia. Cuando eso se construye con tiempo, la adolescencia no deja de ser una etapa de profundos cambios internos. Pero no tiene por qué convertirse en la batalla que tantas veces damos por garantizada.

Una pregunta para quedarse pensando

¿Qué parte de lo que llamamos “rebeldía adolescente” es, en realidad, la consecuencia de años en los que no escuchamos lo suficiente?

Y si fuera así: ¿qué podemos empezar a cambiar, no cuando llegue la adolescencia, sino mucho antes?

¿Te interesa profundizar en el acompañamiento de la pre-adolescencia y adolescencia desde el aprendizaje libre? Escribime por Instagram @sandramajluf.

Y si querés ir a la fuente, te recomiendo leer Adolescencia, sexo y cultura en Samoa de Margaret Mead — un libro que sigue interpelando casi cien años después de haber sido escrito.

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