Por qué los cuentos tradicionales no son solo para entretener

Niño leyendo un libro frente a estanterías de biblioteca

Hay una escena que se repite en muchas casas. Una madre le lee a su hijo un cuento de los Hermanos Grimm, digamos, Hansel y Gretel, y en algún momento siente una incomodidad leve. El abandono. La bruja. El horno. Y piensa: ¿no será demasiado oscuro para él?

Esa incomodidad tiene nombre. Se llama el impulso de proteger. Y es completamente comprensible. Pero hay algo que Bruno Bettelheim, psicoanalista que trabajó durante décadas con niños, descubrió y que cambió para siempre mi manera de mirar los cuentos:

Los niños ya saben que hay oscuridad. Lo que necesitan es que alguien se la nombre.

Lo que los cuentos hacen que los libros "seguros" no pueden hacer

Bettelheim escribió algo que me parece fundamental: si educáramos a los niños de manera que la vida tuviera sentido para ellos, no necesitarían ninguna ayuda especial. Y nada cumple esa función mejor que los cuentos de hadas tradicionales.

No los cuentos modernos. No las historias "seguras" que evitan el conflicto, que muestran solo personajes buenos, que terminan siempre en un mundo perfecto. Sino los cuentos que llevan siglos circulando de boca en boca, refinándose, sobreviviendo porque algo en ellos es verdadero.

¿Qué tienen esos cuentos que los otros no tienen?

Hablan a todos los niveles a la vez: al consciente, el preconsciente y al inconsciente. No sermonean. No explican. No dan moralejas. Simplemente ponen en escena, con brujas, con bosques, con madrastras, con tesoros, los conflictos internos más profundos del ser humano: el miedo al abandono, el deseo de independencia, la rivalidad entre hermanos, el duelo, el paso de la infancia a la adultez.

Y el niño, sin saber por qué, reconoce esas emociones. Se identifica con el héroe. Vive en su imaginación una y otra vez la misma batalla, por eso pide el mismo cuento tantas veces, hasta que algo en su interior queda resuelto.

El cuento como semilla

En Oriente existe una manera de entender los cuentos tradicionales que me parece especialmente hermosa. Se dice que son como las capas de una cebolla: a medida que te compenetrás con ellos, van develando, capa a capa, sus significados según el nivel de comprensión que hayas alcanzado.

Un niño de cuatro años y uno de diez pueden escuchar el mismo cuento y llevarse cosas completamente distintas, igualmente válidas, igualmente necesarias.

También se dice que son como semillas: al integrarse en la memoria, actúan lentamente y producen comprensión mucho tiempo después. Ese cuento que escuchaste a los cinco años puede iluminar algo que estás viviendo a los treinta y cinco.

Eso explica por qué los cuentos tradicionales sobreviven. No porque sean simples. Sino porque son inagotables.

Lo que los niños necesitan de las historias, y lo que no necesitan

Después de años acompañando niños en espacios de aprendizaje libre, y de leer profundamente a Bettelheim y a Clarissa Pinkola Estés, llegué a la conclusión de que los niños no necesitan:

Los niños sí necesitan:

La diferencia entre un cuento que alimenta y uno que solo entretiene no está en la temática. Está en si el cuento se anima a ir adonde la vida real también va.

El mundo auditivo que estamos perdiendo

Hay algo más en los cuentos tradicionales que no tiene que ver con su contenido sino con su forma de transmisión. Nacieron para ser narrados de viva voz, no leídos en silencio.

Dorothy Ling, maestra y musicóloga cuyo trabajo conocí a través de mi paso por las escuelas experimentales, lo dice de una manera hermosa: "La Creación fue un proceso sonoro en el cual el oído tuvo preeminencia sobre el ojo. Primero apareció el sonido, y después la luz."

Estamos viviendo un momento en que el ojo está sustituyendo al oído. La palabra escrita desplazó a la oral. Las pantallas desplazaron a las voces. Y con eso perdemos algo que los niños necesitan profundamente: la experiencia de recibir una historia de la voz de alguien que está presente.

Cuando narrás un cuento de memoria, aunque te falten detalles, aunque no sea perfecto, le estás dando a tu hijo algo que ningún audio y ningún libro pueden dar: tu presencia, tu ritmo, tu voz. El cuento pasa por vos y llega distinto.

Lo que no debemos hacer con los cuentos

Hay dos tentaciones que conviene resistir.

La primera es explicar el significado del cuento después de leerlo. Bettelheim es taxativo en esto: si un padre adivina por qué su hijo está fascinado con cierto cuento, es mejor que se lo guarde. Explicar el significado destruye el encanto. Le roba al niño la oportunidad de descubrirlo por sí mismo. Lo que actúa en el inconsciente pierde su poder cuando se lo saca a la luz racional demasiado pronto.

La segunda tentación es "mejorar" el cuento: suavizarlo, quitarle la bruja, cambiar el final triste, modernizarlo. Cuando hacemos eso, le quitamos exactamente lo que lo hace efectivo. El cuento tradicional tiene siglos de refinamiento. Cada elemento que sobrevivió, sobrevivió por alguna razón.

Lo que sí podemos hacer es leerlo con presencia y amor. Dejar que ellos elijan sus cuentos favoritos. Respetar cuando piden el mismo cuento una y otra vez, eso significa que están procesando algo importante. Y confiar en que el cuento hará su trabajo.

Una imagen que me acompaña

En los cuentos esquimales, el escultor no "crea" la figura que está tallando en el marfil. La libera. Pregunta en voz baja: ¿Quién sos? ¿Quién se oculta ahí? No impone. Responde. Acompaña.

Pienso mucho en esa imagen cuando acompaño a niños. Y pienso en ella cuando hablo de los cuentos tradicionales.

El cuento no le enseña al niño quién debe ser. Le ayuda a descubrir quién ya es. Le da forma simbólica a lo que ya estaba ahí, esperando ser reconocido.

Eso no es entretenimiento. Es algo mucho más parecido a un proceso de profunda transformación.

Para terminar: qué hacer esta semana

Si llegaste hasta acá, te propongo una sola cosa.

Elegí un cuento tradicional, de los Hermanos Grimm, de Afanasiev, de Calvino, de la tradición que más te resuene, en su versión original, sin adaptar. Leélo o narralo en voz alta. Sin explicarlo después. Sin preparar preguntas. Sin verificar si lo entendieron.

Y observá qué pasa.

A veces lo más poderoso que podemos hacer como acompañantes es simplemente crear el espacio para que algo antiguo y verdadero llegue a un corazón pequeño que lo estaba necesitando.

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