Hay una pregunta que aparece siempre, sin falta, cada vez que una familia anuncia que va a educar en casa.
¿Y la socialización?
Se dice con distintos tonos. A veces con genuina preocupación. A veces con escepticismo apenas disimulado.
Hoy quiero invitarte a reflexionar sobre este tema.
Antes de responder la pregunta, hagámonos otra
¿Qué imagen aparece en tu cabeza cuando pensás en un niño que socializa?
Probablemente: un patio lleno de chicos, una clase con compañeros, recreos, grupos, amigos de la misma edad. La escuela, básicamente.
Ahora hacete esta otra pregunta: ¿eso que imaginaste se parece a cómo funciona el mundo cuando esos mismos niños sean adultos?
Porque en el trabajo, en el barrio, en la familia, en cualquier espacio comunitario, las personas nos relacionamos con personas de todas las edades. Con gente que eligió estar ahí. Con personas que tienen intereses distintos a los nuestros y con las que aprendemos a convivir de todas formas. Eso es la vida real.
La escuela, en cambio, junta a treinta personas de la misma edad, que no se eligieron, en un espacio cerrado, durante cuatro o seis horas al día, bajo la supervisión de un adulto que organiza lo que se hace y lo que no. Y a eso lo llamamos socialización.
Merece preguntarse si esa es la mejor definición que tenemos.
De dónde viene la idea de que la escuela es un buen ámbito de socialización
No surgió de la pedagogía. Surgió de la revolución industrial.
Cuando a mediados del siglo XIX se diseñó el sistema de educación obligatoria masiva, el objetivo no era el desarrollo integral de los niños. Era formar trabajadores obedientes que siguieran instrucciones, respetaran horarios y se ajustaran a estructuras. Agrupar por edad era una solución organizativa, no pedagógica. Facilitaba la gestión de grandes grupos. Nada más.
Como señala el educador John Taylor Gatto —quien pasó 25 años enseñando en escuelas públicas de Nueva York y fue premiado como el mejor maestro de la ciudad— las escuelas están diseñadas para producir, a través de la aplicación de fórmulas, seres humanos estandarizados cuyo comportamiento pueda ser predecible y controlable.
Agrupar a los alumnos por año de nacimiento, decía Claudio Naranjo, es un criterio organizativo, no pedagógico.
Eso no significa que nada bueno ocurra en las escuelas. Significa que la socialización que describe ese modelo no es ni la única forma ni necesariamente la mejor.
Lo que realmente pasa adentro del aula
¿Cuánto tiempo real tiene un niño en la escuela para relacionarse libremente con sus pares? La media hora del recreo. El resto del tiempo se espera que esté atento al docente, en silencio, haciendo lo que se le indica. Hablar y jugar libremente en clase no está permitido. Incluso en el recreo, el entorno puede ser competitivo y jerárquico — con grupos cerrados, exclusiones, presión para encajar.
Te hago una pregunta: ¿a cuántos adultos nos gustaría estar encerrados en un lugar pequeño con veinte o treinta adultos de la misma edad, con los cuales no hemos elegido estar, durante seis horas al día? Eso no es socializar, al menos no de una forma sana o que nos nutra. Perdón, quizás eso es lo que vive mucha gente en trabajos que no eligieron ni les gusta hacer. Pero entonces, ¿por qué querríamos lo mismo para nuestros hijos?
No lo digo para atacar a la escuela. Lo digo para que la imagen idealizada que muchos tienen de la escuela como espacio de socialización genuina empiece a mostrar sus grietas.
Qué es en realidad la socialización
Socializar es interactuar, relacionarse y comunicarse con otras personas. De cualquier edad, condición, cultura. Hablar, jugar, compartir, cooperar, resolver conflictos, aprender a ser parte de un grupo.
La primera socialización de cualquier niño es la familia. Ahí aprende a convivir con personas de distintas edades, a negociar, a ceder, a cuidar, a pedir. Después ese círculo se amplía: los vecinos, los amigos del barrio, las personas que encuentra en la cotidianeidad. El verdulero que le cuenta de dónde viene la fruta. La señora del colectivo que le sonríe. La bibliotecaria que le recomienda un libro.
Esas interacciones, aunque breves, están llenas de valor social. Le enseñan a moverse en el mundo real, no en un entorno artificialmente diseñado para su edad.
Lo que pasa con los niños que crecen en entornos de aprendizaje libre
Lo que observo una y otra vez en las familias que acompañan el aprendizaje libre es que las edades se mezclan con naturalidad.
En mi escuelita alternativa en Ushuaia, podías ver todo el tiempo situaciones como esta: un niño de cinco años jugando con uno de doce sin que nadie lo organice. Los mayores cuidando a los pequeños. Los pequeños acercándose a los mayores, viéndolos como sus referentes. No hay casi disputas. Se respira un respeto y una alegría genuina — no la alegría vigilada del recreo, sino la que surge sola cuando los vínculos son reales.
Entonces, ¿la socialización es un problema en el aprendizaje libre?
No. Y lo digo con certeza.
Como señala Claudio Naranjo, la socialización no es un problema para el homeschooling.
Donde sí hay un problema de socialización es en la escuela — por lo artificial de su modelo, con aulas unificadas por edad que no responden a ninguna necesidad de aprendizaje real.
Los niños que crecen en el aprendizaje libre socializan. Mucho. Con personas de distintas edades, en contextos reales, formando vínculos que surgen del interés genuino y no de la proximidad forzada. Desarrollan empatía, confianza, autonomía social y habilidades de comunicación que difícilmente se construyen sentado en un aula durante seis horas.
Una invitación
La próxima vez que alguien te haga esa pregunta, antes de responderla, devolvésela:
¿Qué entendés por socialización? ¿Qué imagen tenés en mente cuando la decís?
Porque muchas veces, cuando se abre esa conversación de verdad, lo que parecía un argumento irrefutable empieza a mostrar que estaba construido sobre un supuesto que nadie había cuestionado.
Y cuestionarlo, descubrir que hay otra forma de mirar, es el comienzo de algo. 🌿
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